Imposible no querer a Popa Chubby

Al frente de su cuarteto, el guitarrista estadounidense clausuró con un concierto ejemplar su gira mundial anoche en Conde Duque

Con una de esas entradas generosas que vuelven a confirmar que el blues dispone de una de las audiencias más fieles del amplio espectro de la música popular, prosiguió anoche el festival JAZZMADRID en Conde Duque con el concierto del guitarrista y cantante de Nueva York Ted Horowitz, alias Popa Chubby. Respaldado por una sección rítmica bien ajustada y eficaz, la apuesta de este hombre se explica en esa clase de ímpetu sonoro que, agarrándose con fuerza a la vena del blues, se hace buena sangre.

Poderío sonoro
Su música es honda, genuina y dada al poderío sonoro. Y tiene el punto tórrido justo para añadirle sensualidad al ímpetu; el que le proporciona un repertorio que recorre territorios tan diversos como los del blues obviamente, el rhythm & blues y el rock & roll. Ejemplos hubo muchos, para todos los gustos. Por eso nos quedamos con las versiones de “Hey Joe”, la canción de Billy Roberts que popularizó Jimi Hendrix, y de “Come on in my kitchen” y “Hellhound on my trail”, ambas de Robert Johnson, un músico cuya huella está presente en la punzante forma de tocar de Popa Chubby. Todas ellas lucían envueltas en una magnífica y potentísima producción de sonido que, lejos de emborronar el mensaje, lo magnificaron hasta el punto de hacer de cada una de las intervenciones de los músicos ingrediente imprescindible.

Acompañamiento solvente
Entre éstas sobresalieron las del todopoderoso baterista, al que el propio Popa Chubby reforzó ante otra batería hacia el final en un tórrido soliloquio, y las de un teclista que, ocasionalmente, dobló en voz con mucha solvencia. Popa Chubby, por su parte, en posesión de una energía descomunal, permaneció en todo momento pegado a una dinámica que impedía la tregua, utilizando su guitarra como si de una prolongación de su interioridad se tratara.

De hecho, de ser la técnica portavoz del duende de cualquier músico, lo suyo sería más bien un fluido que surge directo de sus entrañas. Y, con tan esencial recurso, más el de su añeja voz –especialmente fascinante en “Hallelujah”, la composición de Leonard Cohen que sonó en los bises-, hizo presa del ambiente y de un público que, entusiasmado, aplaudió a rabiar cada una de sus intervenciones. Imposible no querer a este hombre. Se dirige al público entre canción, sonríe permanentemente y, en el final, buscaba el contacto directo estrechando sus manos.

Foto © Álvaro López del Cerro / Madrid Destino