Madeleine Peyroux: Un hondo sentimiento, muy cerca, al oído

La cantante estadounidense presentó, a sala llena, en el Fernán Gómez, las canciones de su álbum “Secular hymns”

Hace ahora diez años, un puñado de fieles asistíamos en la sala Siroco, en pase exclusivamente para prensa, al primer recital en Madrid de Madeleine Peyroux. Ya entonces llamamos a rebato y ahora -después de haber visitado la ciudad en loor de multitudes en diferentes ocasiones- volvía la gran dama, a mayor escenario, y con un “más difícil todavía”: el único acompañamiento armónico del guitarrista Jon Herington y del contrabajista Barak Mori, el dúo base que le acompaña en el disco que recientemente puso la cantante en las tiendas, “Secular hymns”.

El atractivo de la dicción
Con tan austeros elementos, Lady Peyroux volvió a estrenarnos la sensibilidad. No cuenta con una voz de amplia tesitura, pero sus poderes están en la dicción, la persuasión, la sabia opción en cada instante. Y, con todo ello, la afortunada comparación con Billie Holiday. Como a aquella, le gusta también moverse entre los silencios de las baladas, un pormenor que vuelve a marcar todos sus movimientos.

Caricias vocales
Desde la primera bocanada de aire, esta mujer enamora. Sus recitados son caricias vocales cargadas de verdades musicales. A ello hay que añadir la frescura y la sencillez de sus puestas en escena, cálidas, intimista, cercanas. Otro de esos detalles que cualquiera puede pensar que sigue siendo aquel vicio incorregible ya de su etapa de artista callejera en París.

Y llega al escenario, y lo hace como un cierto archivo del arte jazzístico más reciente, del que ha sido testigo y protagonista. Fue aquella voz que acompañó una vez la guitarra de William Galison, y en su camino han estado tanto Toots Thielemans como Larry Goldings, Till Bronner y K.D. Lang. Pero hoy, Madeleine Peyroux no es solo una cantante de música popular; es una jazzista de todos los tiempos.

jazzmadrid16-madeleine-peyroux-0075jpgRepaso viviente
Ofreció un repaso viviente al blues y a la canción americana de cualquier momento, porque casi todo el espacio lo ocuparon títulos como “Hello, babe” o “Don’t wait too long”. Tampoco faltó Tom Waits en forma de tango (“Tango till they’re sore”), ni uno de sus primeros caballos de batalla: “I’m all right”.

También unió a Jobim con Leonard Cohen, interpretando dos grandes canciones como “Agua de beber” y “Dance me to the end of love”. Y es solo Madeleine Peyroux quien puede enunciar “Don’t cry baby”, de Jimmy Johnson, enlazándolo con aquella canción que Bill Dodget escribiese para Sister Rossetta Tharpe, “Shout Sister, shout”. Y también Linton Kwesi Johnson y Eartha Kit, haciendo sucesión entre “More time” y “Je cherche un homme”.

Y, finalmente, en el turno del bis, llegó ese blues en el que dicta su vida con notas doloridas y también alegres, “Careless love”. En él, el contrabajista, Barak Mori, recurrió al mismo scat peculiar que utlizaba Major Holley, haciendo sonar su voz de bajo al unísono con la pulsación de las cuerdas. Esto sí que es cumplir la vieja máxima de instruir deleitando. Y muy cerca, al oído. Y todo ello servido con esta compañía de lujo, una alianza que solo una gran intérprete puede forjar. Y Madeleine lo es.

Foto © Álvaro López del Cerro / Madrid Destino