Una leyenda pasó por JAZZMADRID

El Conde Duque se rindió anoche ante la embestida melódica del histórico tenorsaxofonista de Memphis

Transcurren los años y a Charles Lloyd siguen sin subírsele a la cabeza las elogiosas opiniones que le procuran rango de albacea grandioso del jazz. A sus 78 años de edad, conserva intacta su campechanía de músico sabedor de su oficio, que sale cada noche a ganarse a la audiencia por la vía directa, sin trucos ni extravagancias de falsa estrella.

Atacó la primera pieza, “Dry leaves, memories of Duke”, sin protocolos, con toda la autoridad de un fuera de serie, y muy bien arropado por los músicos de su cuarteto. El pianista Gerald Clayton es un espléndido soporte; Reuben Rogers, el contrabajista, un viejo aliado del líder, capaz de seguirle en sus expediciones de las mil millas; y Kendrick Scott, finalmente, un verdadero hallazgo para Charles Lloyd, una suerte de hermano mayor en la batería.

Jazz lejos de los estereotipos
Enseguida se pudo comprobar que en el concepto del jazz que tiene esta gente no caben los estereotipos ni las maniobras de distracción. Y, al frente de ellos, Charles Lloyd proporcionando identidad a todo lo que hace y, por supuesto, a lo que hacían los demás. La verdad es que es sorprendente, pero Lloyd anda tocando como nadie se hubiera atrevido a suponer hace 30 años. Aquella vieja norma de envejecimiento dictada por André Hodeir se ha invertido. Ahora es Scott Fitzgerald quien define la situación. Charles Lloyd -como su personaje de Benjamin Button- también envejece rejuveneciendo.

Delicadeza y sonido
Como otros muchos jazzmen que siguen creciendo, Lloyd conserva, perfeccionadas, las virtudes que le hicieron inmediatamente reconocible en el jazz de los años 60. Delicadeza y sonido, pero también las ideas, la construcción, la entrega. Bebop renovado y la aventura a partir de “Song my lady sings”. Entona sus elaboraciones con profundo sentido melódico y solo recurre a la aspereza como recurso coyuntural, cuando necesita enfatizar algún significado o colorear un pasaje especialmente dramático.

En el concierto alternó el saxo tenor y la flauta travesera, apoyado por una rítmica imperturbable, vigorosa y extraordinariamente cooperativa. Mención especial para el pianista Gerald Clayton que, en ocasiones, dispuso de su propio espacio expresivo, siempre arrasadoramente romántico. El resto del repertorio quedó dividido entre temas antiguos y piezas de las obras más recientes de Lloyd, a modo de manifestación de que el artista no quiere ser el músico de museo, el histórico con fundamento en que la edad tiende a convertirle. Envejecer rejuveneciendo es la máxima. Por eso, con versiones en el final de “La llorona” y “Rabo de nube”, parecía empeñado en dar la razón a quienes ven en él al sucesor de los grandes tenoristas del jazz sin acotaciones.

Foto © Álvaro López del Cerro / Madrid Destino