Majestuoso Bill Frisell

Majestuoso Bill Frisell

El guitarrista presentó su proyecto de cuerda en un concurrido Conde Duque

Espléndida entrada de público también en Fernán Gómez para disfrutar con el estreno de “ABUC”, el reciente disco del pianista cubano Roberto Fonseca


 

Bien puede decirse que JAZZMADRID se apuntó anoche un órdago incuestionable contando con la presencia de Bill Frisell en la escena de Conde Duque. La afición ya ha tenido ocasión de beneficiarse de las visitas de este guitarrista en diferentes ocasiones, aunque ahora -caprichos del cronista- merezca ser recordada la producida en Madrid, en 2002, junto a un quinteto que, precisamente, incluía a la violinista que comparecía anoche en el formato de cuarteto que se convocaba.

Esta intérprete de florida cabeza se llama Jenny Scheinman, aparece en los créditos de algunos discos de las cantantes Norah Jones y Madeleine Peyroux, y tiene como compañeros al violista Eyvind Kang y al cellista Hank Roberts. Los tres, con el añadido de Bill Frisell, conforman este original proyecto de cuerda, cuyo argumentario y formato sonoro podrá localizar sin demasiados problemas el aficionado en el temario del disco “Sign of life”, pese a que ninguna de las composiciones de este álbum sonaron anoche en Conde Duque. A cambio lo hizo un puñado de títulos de origen fonográfico disperso.

Voz propia

Instrumentista con voz propia, Bill Frisell interpreta este material en directo con la maestría de quien está profundizando desde su infancia en los lenguajes del bluegrass y el country, convirtiendo su instrumento en fuente de sonidos tan inesperados como inmediatamente comprensibles y asimilables. Y, cuando el discurso carga decididamente por el lenguaje del jazz, como sucedió de hecho en “Blue in green”, de Miles Davis, o “Skippy”, de Monk, Frisell recrea sus lances con fuerza y garbo, corre riesgos a la hora de reinterpretarse, cincela la dificultad sin caer en lo circense, y emociona a pesar de cimentar su trabajo en una firme y compleja técnica.

Música que suena siempre a nueva

Nunca se sabrá -y esto es lo verdaderamente emocionante- si el rinconcito natural de este creador está en el vasto catálogo de las músicas tradicionales de Estados Unidos, en la contemporánea o en el jazz, pero es del todo incuestionable que estamos frente a un músico muy serio que suena siempre a nuevo.

Se estrenaron con una especulación de estructura repetitiva en la que no tardó en despuntar la preciosa melodía de “Pretty stars”, para emprenderla después con versiones, igualmente personales, de “Tone” y de “The pioners”, respectivamente incluidas en los discos “Rambler” y “Good dog happy man”, respectivamente publicados en 1985 y 1999. Y todo, se insiste, con unos ademanes radicales que no les hacían abandonar el carril de la melodía. Una cadencia desarrollada, a menudo, en trayectorias diferentes, cuando no desnudada hasta su lectura esencial.

Piezas dispersas de un puzzle que, poco después, el proverbial entendimiento mantenido entre los cuatro músicos acomodaba a la idea principal de conjunto. Jazz soberbio. De fácil pegada popular en su conclusión -“What the world needs now is love”, de Burt Bacharach, y “Bonanza”, de David Rose, son la prueba- e irrebatible solvencia para el público más exigente; del que gusta de cualquiera de los muchos formatos y proyectos frecuentados por este guitarrista con anterioridad. Lo dicho, un órdago.

Roberto Fonseca en Fernán Gómez

El Fernán Gómez, un poco más tarde, recibió la descarga pianística de Roberto Fonseca. No deja de crecer el predicamento de este artista de la filigrana, que, hace diez años, sorprendiese a todos con la edición de su disco “Zamazu”. Fonseca, de hecho, es la prueba fehaciente de que la música cubana se va expandiendo por el mundo en una demostración total de que el semillero de la isla sigue vivo e inagotable.

Si del proyecto Buena Vista Social Club lo que cuajó fue la demostración de la vitalidad y vigencia del son añejo, lo que venía a su alrededor era sangre nueva y potente, y ahí es donde nos encontramos con Roberto Fonseca, cuyo espectáculo musical hizo vibrar anoche al público del teatro Fernán Gómez, que, literalmente, agotó el taquillaje.

Música afrocubana, clásica y referentes de la pianística de jazz como Herbie Hancock o Keith Jarrett conforman el magma en que se cuece el rompedor estilo de Fonseca. Ahora, tras escucharle ayer interpretando “Family” en un órgano Hammond, preciso es sumar el rhythm & blues de Booker T. Jones, ayudado por una banda en cuya línea frontal se situaban los metales y con una rítmica de bajo y batería  muy bien reforzada con las espectaculares percusiones de Adel González.

Buen entendimiento entre los músicos

Fonseca borda el sonido. Es resuelto en las introducciones que inician la propulsión de sus piezas y el sensacional acuerdo al que llega con sus músicos, reinterpretando estándares como “Cubano chant”, de Ray Bryant, o composiciones propias, produce una engañosa sensación de ausencia de dificultad. En realidad, tras el espejismo se esconden muchas horas de reflexión, de ensayo y estudio, y ello sin contar con que Roberto Fonseca dispone de un talento incontestable.

El programa ofrecido fue de los que se disfrutan durante y después de su desarrollo, cuando la memoria recuerda las composiciones que, en el disco “ABUC”, el artista ha dejado archivadas. “Asere Monina Bonco”, “Tierra santa Santiago de Cuba” y “Afro mambo” gustaron mucho. Y, por supuesto, tampoco faltaron las citas a Consuelo Velásquez en “Bésame mucho”, o al percusionista Román Díaz en “Abakua”.

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