Una noche de alto voltaje

Una noche de alto voltaje

JAZZMADRID acogió anoche, en Conde Duque, la presentación del disco “Es hora de caminar”, del quinteto del baterista Guillermo McGill

En Fernán Gómez, el guitarrista Joe Louis Walker mostró a sala llena las calidades del blues


 

En los cuatro años últimos, JAZZMADRID ha conseguido inscribir su nombre en el mapa de los mejores festivales de nuestro continente. Hay algunas agradecibles salpicaduras de blues en la programación, pero su apuesta definitiva es el jazz, no las cercanías o las lejanías, y ésta encuentra el respaldo de un público que acude, invariablemente, a sus citas. Anoche volvió a suceder con un doble programa que pudo colmar cualquier expectativa.

Inauguró, en Conde Duque, el quinteto del baterista-percusionista Guillermo McGill, una formación rodada que transita de Hildegard Von Bingen u Ornette Coleman, a apuestas más modernas como las del jazz flamenco, y la jornada prosiguió después en el teatro Fernán Gómez con la comparecencia del guitarrista de San Francisco Joe Louis Walker, una de las luminarias que, junto a Robert Cray, le quedan al blues contemporáneo, tras la desaparición de John Lee Hooker y B.B. King.

Guillermo McGill y lo no sobresabido

Junto a cuantos modismos están apareciendo en el jazz local de los últimos años, se mantiene viva afortunadamente, la búsqueda de lo no sobresabido, el rastreo de unas sonoridades que legitimen la evolución del género, impidiendo su estancamiento en lugares comunes. Y un ejemplo de ello se puso de manifiesto en el repertorio escuchado durante el concierto del baterista Guillermo McGill.

El recital fue desarrollado con tanta intensidad como motivación, quizás porque McGill sigue viviendo un momento de entrega total al entendimiento de su arte. Toca siempre poniendo de relieve su personalidad, sin salirse de las reglas musicales establecidas. Y, además, sus maneras interpretativas son las de los mejores artistas. Ha conseguido dominar la síntesis entre jazz y flamenco, hasta el punto de llevar sus invenciones al terreno que le apetece y el público entendido se lo premia con ovaciones enormes.

Majestuoso quinteto

Todo sonó bien en el concierto, porque además, en él, el reparto instrumental del quinteto era extraordinario. Javier Colina, desde el contrabajo, secundaba una rítmica de altísimo voltaje, y Julián Argüelles, en el saxo, aseguró la melodía hasta en los momentos más complicados. Y, para terminar de seducir, en el piano se sentaba Marco Mezquida, y en la guitarra española estaba Juan Diego Mateos.

Guillermo McGill es, desde hace tiempo, un campeón y lo demostró a cada rato. La base del temario escuchado fue su último disco “Es hora de caminar”, pero también atacaron otros títulos de filiación fonográfica dispersa, como la pieza de apertura, “Cánticos de éxtasis”, de la mencionada Hildgard Von Bingen. Larga vida a esta formación.

Joe Louis Walker © Paco Manzano
Joe Louis Walker © Paco Manzano

Joe Louis Walker: la aventura del blues

Y llegó en la noche el fuego del blues al Fernán Gómez con la guitarra incendiaria de Joe Louis Walker. Originario de San Francisco, más de seis décadas de vida ha pasado el músico al servicio de una aventura muy diferente a las que vivieron algunos de los personajes de las novelas marinas de Jack London, o de las policiacas de Hammett.

Furia y nervio sonoros

Joe Louis Walker se maneja con una cultura musical que hace que el blues evolucione, pero ese cambio -atención- no se produce hasta el punto de afectar a uno de los axiomas esenciales de este estilo:          que no hay ritmo sin aliento. Lo suyo es la furia, el nervio sonoro, el rezongo guitarrístico perpetuo. Viene para demostrarnos que su último álbum, “Everybody wants a piece”, es un trabajo vivo y no una serie de piezas ensambladas por el capricho de un productor.

Y arranca el concierto y los parches de la batería de Anthony Byron Cage sobrecogen, desplazan la sonoridad de los teclados y afilan el sonido de la guitarra de Joe Louis Walker. El arco expresivo se abre, dejando que el achicharrante rumbón se instale en el auditorio. Y mientras el bajo de John Lindsay Bradford pone con cuidado los acentos, la guitarra de Walker repasa boogies, algo de rock & roll y grandes dosis de carbonizante blues bien entrado en decibelios. Joe Louis Walker vale la pena, hace feliz a la gente. No debería tardar tanto como lo ha hecho ahora en volver de nuevo.

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